Diciembre concentra buena parte de los gestos solidarios del año. Campañas, recogidas, donaciones puntuales, mensajes de apoyo. Durante unas semanas, la emergencia social ocupa espacio público y titulares, y muchas ONG ven cómo su recaudación aumenta alrededor de un 20% respecto a un mes medio, según un análisis reciente sobre hábitos de donación en España de Haz Fundación y otras entidades del tercer sector. Enero, en cambio, llega sin focos.
Cuando terminan las fiestas, muchas ayudas también se detienen. Las campañas desaparecen, las donaciones bajan y la urgencia deja de ser visible, a pesar de que en España los donativos desgravables apenas crecieron un 1,46% en el último año, según la Asociación Española de Fundraising (AEFr), y algunas organizaciones ya registran ligeros descensos en las aportaciones de personas físicas. Pero las personas en situación de vulnerabilidad siguen ahí. Con los mismos problemas. En muchos casos, con menos recursos y con entidades sociales que disponen de menos margen para acompañarlas cuando se apagan las luces.
Enero es el mes en que se hace más evidente la fragilidad de un modelo basado en la solidaridad estacional. Familias que afrontan la “cuesta de enero” sin apenas margen económico, en un país donde casi la mitad de los hogares declara tener dificultades para llegar a fin de mes y más de un tercio no podría afrontar un gasto imprevisto, según los últimos datos sobre pobreza y condiciones de vida publicados por USO a partir de la encuesta europea EU-SILC. Servicios sociales y entidades que ven cómo disminuyen apoyos justo cuando la demanda no se reduce, en un contexto en el que más de una cuarta parte de la población vive en riesgo de pobreza o exclusión social, según el informe “El Estado de la Pobreza 2024” de EAPN España. Y una respuesta pública que, demasiadas veces, no está a la altura de la realidad cotidiana y estructural.
La pobreza, la exclusión social o la precariedad no son fenómenos puntuales ni emergencias ligadas a una época del año. Son realidades estructurales que atraviesan todas las estaciones y que requieren respuestas continuadas, políticas públicas sólidas y compromisos que no dependan ni de calendarios ni de campañas. En 2024, más de 12 millones de personas en España están en riesgo de pobreza y/o exclusión, y alrededor del 8-9% vive en pobreza o carencia severa, según los avances de EAPN y la actualización de la tasa AROPE difundida por CCOO. Muy lejos de una idea de bienestar garantizado todo el año.
Desde las organizaciones sociales lo constatamos cada año: el problema no es la falta de solidaridad de las personas, sino su intermitencia. Los estudios sobre donaciones muestran que diciembre sigue siendo el mes más solidario, mientras que el resto del año la respuesta se estabiliza o incluso se estanca, tal como recogen distintos análisis de Haz Fundación, AEFr y entidades financieras con observatorios sociales. No necesitamos más gestos concentrados en Navidad, sino garantías durante todo el año. Menos acciones puntuales y más derechos que aseguren ingresos, cuidados, vivienda y acompañamiento continuado.
Porque cuando se apagan las luces de Navidad, la realidad continúa. En enero, en marzo y en octubre. Y es entonces cuando no podemos permitirnos mirar hacia otro lado: las personas mayores, las familias que llegan con dificultad a fin de mes o quienes viven solas siguen necesitando vínculos, recursos y presencia, no solo campañas de temporada. Mantener encendida la solidaridad más allá de las fiestas es una cuestión de justicia social, no de calendario. Eso pasa por transformar los buenos deseos de diciembre en apoyos estables: colaboraciones periódicas, voluntariado continuado, defensa activa de derechos y una mirada que siga reconociendo la dignidad de todas las personas durante todo el año.



